Homo Dualis

Es la tendencia en la era que corre hablar con una doble conciencia sobre la naturaleza humana. Por un lado, se supone al hombre como un ser interesado sólo en sí mismo, que no toma decisiones desde su convencimiento de qué es lo correcto, sino únicamente desde cálculos de qué le traerá mayores beneficios. Con esta lógica se suele explicar el comportamiento de políticos, negociantes y grupos sociales y profesionales. Por el otro lado, reconocemos en nosotros mismos, en nuestros allegados, en las historias de las personas que admiramos, la voluntad, en algunos ocasional, y en algunos permanente, de tomar decisiones y formar hábitos con miras al bien de otros, que no es más que ese amar al prójimo al que se exhorta en las iglesias y colegios cristianos, que se infunde en las familias que siembran valores en sus hijos, y que en distintas versiones se enseña en otras tradiciones religiosas y filosóficas. No faltan ejemplos en la experiencia de quienes mienten, manipulan y se aprovechan de otros para satisfacer un deseo o ambición personal. Pero no faltan ejemplos tampoco de quienes sacrifican sus sinceros deseos por buscar el bien de otros. Por cada historia de cínica manipulación electoral recordemos a tantos quienes, teniendo la posibilidad de privilegiarse, más bien se ciñeron a participar en igualdad en elecciones justas. Por cada relato de engaño romántico, recordemos a una pareja madura, sostenida ante tentaciones por mutua lealtad. Por cada gran crimen de la humanidad, recordemos las heróicas gestas de quienes, a menudo en sacrificio de la vida propia, los enfrentaron, a veces acabando en admirable fracaso y a veces en dichoso éxito. Por cada traición a un amigo, un sacrificio por él. Lo que se hace evidente al observar sin prejuicios, es que la naturaleza humana incluye una natural inclinación hacia el bien común (practicada en sus inicios con familia y amigos), así como una natural inclinación hacia el beneficio propio. Así como también una tendencia masoquista, que insiste en comportamientos que le traen amargura a uno mismo y disgusto a los demás, tendencia que se solapa consigo misma en las falsas sonrisas y engañosas racionalizaciones que esconden y refuerzan estos patrones perpetuadores del sufrimiento propio y ajeno. En la medida en que el ser humano persigue su propio bien, lo hace de todos modos en trágica incompetencia. Persigue de a momentos lo que sus padres o la sociedad o la terquedad propia le dicen o insinúan que ha de perseguir, y sufre en el camino diciéndose que sólo ha de llegar al destino, y sufre en el destino preguntándose en qué falló. Se entrega así en la búsqueda de dinero, fama, poder, hallando en ninguno el bien propio y acabando con el vacío e insatisfacción en los huesos. Bastan, por fortuna, quienes en vez de entregarse a búsquedas arbitrarias, cultivan en sí un sentido de apertura a la realidad, que les permite identificar el bien cuando aparece en una cosa y dejar de perseguir eso cuando el bien la abandona; un sutil entendimiento de qué trae realmente calor al corazón y energía al cuerpo, dedicándose a sí mismo en la justa medida y a otros del mismo modo. Hay quien competentemente halla en el día a día aquella media virtuosa de la que hablaba Aristóteles. Nos conviene notar que el egoísmo es, de todos modos, una forma de estupidez respecto al bien propio, basada en la simplista noción de que el bien propio lo consigue quien lo persigue a exclusión del bien ajeno, ignorando las beneficios que nos traen la confianza, la generosidad, la honestidad, la harmonía social y todo aquello que se hiere cada vez que se sacrifica una cosa por la otra, en vez de agarrar la cosa completa, que incluye la justa relación con los demás. El hábito de hablar del ser humano—es decir, de nosotros mismos—como un ser irredimiblemente egoísta, nos brinda una cómoda excusa para ser egoístas, y para ponernos ínfulas de santo cuando hacemos el extraordinario contranatura de servir al otro. Pero este hábito, nacido de la peligrosa tendencia de repetir lugares comunes sin cuestionarlos, no soporta la más mínima revisión de su contenido. Pues, Ssí, como hemos visto, bastan ejemplos de personas enfiladamente persiguiendo el interés propio, pero bastan también ejemplos de su contrario, por lo que una verdadera imagen de la naturaleza humana ha de incluir ambos conviviendo en tensión. Más que en los torpes intentos de las actuales ciencias sociales, conseguimos una buena descripción en la conocidísima leyenda de los indígenas norteamericanos, la de los dos lobos—uno negro y uno blanco—que combaten perpetuamente en el alma, ganando aquél al que uno alimente. Invito al lector entonces a que reflexione sobre el asunto, que lo vea con el lente de su propia experiencia, pues no es de sabios creer a ciegas ni descreer a ciegas. Y que vea no sólo el hecho, que es más bien estéril, sino sus implicaciones para la propia forma de hablar, de entender las acciones de los demás, de entender los cambios de bienestar en la vida propia y ajena, y de ponerse a actuar. Lo invito a perseguir la felicidad, sí, pero con la mente bastante abierta a las posibilidades sobre de dónde puede venir, abriéndole paso a lo que no acostumbre considerar. Lo invito también, en última digresión, a sospechar de científicos sociales—economistas y politólogos—que tienen hundida hasta el tuétano la astilla de esta visión incompleta y engañosa de la naturaleza humana, suposición que domina sus interpretaciones del todo lo que tocan y que, de ser creída por los quienes confían en sus títulos universitarios, reemplazaría el muy superior sentido común de quien no ha pasado cinco años siendo convencido de un cuento que tanto el desleído como el bien leído identifican de inmediato como mentira. Somos, en breve: generosos y egoístas, de acuerdo a la trayectoria de nuestros hábitos, hábitos que están en todo momento bajo la influencia de nuestro juicio y nuestro entorno. Entender esto y hacerlo valer contra cada faceta de nuestra mente donde una mentira o la contraria se han postrado, y hacerlo ajustar nuestros comportamientos, puede ayudarnos a perseguir juiciosamente ese verdadero bien propio, que está en justa relación con el bien común. Alberto Delgado es economista y en su tiempo libre piensa en los por qués y para qués de las cosas.