El miedo a la libertad

En 1843, explorando la idea de la “ansiedad”, Søren Kierkegaard señalaba en su libro “O lo uno o lo otro” como la sensación nos tiende a afectar más cuando nos encontramos en una encrucijada entre distintas opciones. El segundo libro del filósofo danés utiliza un ejemplo interesante para demostrar la sensación del temor/ansiedad, el lector debe básicamente imaginar estar parado al borde del techo de un edificio alto. Al principio sentirá el miedo de caer al vacío, pero igualmente sentirá algo mucho más aterrorizante: las ganas de lanzarse. El temor causado por ese conflicto de pensamientos es lo que Kierkegaard veía como el “mareo de la libertad”. Le tenemos un miedo primitivo a la libertad al reconocer que, si quisiéramos, podríamos saltar. El mismo miedo se presenta incluso en decisiones menos impactantes que aquella entre la vida y la muerte, ya sea cuando debamos elegir qué estudiar en la universidad, o si cambiarnos de trabajo, o si terminar nuestras relaciones amorosas. Ese miedo de saber que podemos elegir y somos responsables de esas decisiones, se ve también a la hora de votar. La democracia y la libertad son conceptos necesariamente atados, después de todo, si en una elección democrática el pueblo elige suprimir la posibilidad de escoger a sus gobernantes entonces se han perdido ambas. Pero en esencia son ideas, más allá de que la democracia también sea un sistema de gobierno. Para que una nación pueda ser democrática su gente debe serlo también, pero no en el sentido de estar a favor de elegir a sus gobernantes por medio del voto, sino de ser democráticos de mente. La libertad es una forma de ver el mundo, algo que John Stuart Mill ilustró muy bien hace ya 162 años en “Sobre la libertad”, una de las obras fundamentales del liberalismo. Los miembros de la sociedad deben estar dispuestos a ser libres, y como señalaba Kierkegaard, eso no es una tarea fácil. Al tomar decisiones debemos aceptar que nos tocará vivir con las consecuencias, reconocer que los demás también son humanos y también quieren vivir sus vidas a su manera, lo cual implica a su vez más decisiones y consecuencias que no podremos siempre controlar. Aquellos que queramos la libertad debemos estar dispuestos a escuchar ideas con las que no concordemos, a respetar la ciencia incluso si las conclusiones resultan de vez en cuando incómodas o distintas a lo que pensábamos, reconocer que las personas tienen el derecho de publicar libros que vayan en contra de la corriente popular o que algunos le rezarán a dioses distintos o quizás a ninguno. Debemos también estar dispuestos a aceptar que a veces los resultados de las elecciones no saldrán como queremos… Reconozco que no es fácil, pero las cosas que valen la pena rara vez lo son. El precio de la libertad es alto, eso queda claro si contamos cuantas democracias exitosas hay o cuando hablamos de cuan longevas fueron las que fracasaron. Da miedo vivir así, para muchos será paralizante, pero solo por eso no creo que debamos rendirnos. El temor por quién elegimos al poder, quién tiene mayoría en la legislatura, de qué corriente ideológica son los jueces que se sientan en el más alto tribunal llevará a muchos a desear que ojalá la sociedad no fuese tan libre. Muchos comenzarán a culpar la libertad democrática cuando en nuestra sociedad tomen fuerza corrientes ideológicas que hemos visto en el pasado y cuyos resultados han sido dañinos. Quizás gente realmente vil llegue al poder a través del voto y hagan de nuestra vida un infierno. ¿Por qué no nombramos a un defensor que nos proteja a toda costa de aquellas fuerzas? Las dictaduras se vuelven muy atractivas. En 1951, Eric Hoffer publicó un libro llamado “El fiel creyente”, en él Hoffer comenta sobre como los movimientos sociales en masa crecen y se expanden. Una observación clave del autor es que dichos movimientos están normalmente formados por personas que sienten que sus vidas están fuera de su control y, por ende, necesitan que alguien más ponga orden por ellos. Son personas que deciden desligarse de su responsabilidad individual de forma completa y responsabilizar al colectivo. Es claro que los humanos no pueden controlar todas las fuerzas que los influyen, pero tomar la postura que los demás son los responsables de toda miseria y, en consecuencia, necesitamos a un mesías que nos salve solo nos coloca en el riesgo de entregarnos de lleno a un culto religioso o a un dictador. En años recientes hemos visto aquella posición tomar mucha fuerza en Estados Unidos, y desafortunadamente no ha ocurrido en solo uno de los bandos ideológicos. La derecha y la izquierda se han radicalizado sin precedentes en aquella nación, y ambos creen que el otro es el radical y que ellos son los que llevan la autoridad moral del asunto y por tanto están del lado correcto de la historia. Ya sea proclamar a todos los blancos racistas, como ha hecho Robin Di Angelo, justificar la destrucción de vidas como lo han hecho las charlatanes Vicky Osterweil y Nicole Hannah-Jones o literalmente intentar destruir la institucionalidad democrática porque sientes que debiste ganar las elecciones como intentó el pasado 6 de enero el Presidente Donald Trump al presionar a Mike Pence para que lo proclamase como ganador. Las cosas se están saliendo de control, y Estados Unidos se ha vuelto tierra fértil para el auge de un dictador. Estados Unidos es una anomalía, una democracia y cuna de la libertad intelectual mundial desde su fundación en 1776, y que ahora se encuentra en un momento por el cual pasarán todas las democracias eventualmente. Una locura populista donde es bien difícil tener una conversación seria y de buena fe sin ser calificado de “fascista” o “comunista”. El camino que se tiene por delante es complicado y prever el resultado es casi imposible, pero el objetivo debe ser seguir luchando para que sobrevivan las libertades básicas que antes tanto se atesoraban. El precio de la libertad es alto, ojalá haya suficientes personas dispuestas a pagarlo. Luis Gonzalez es un abogado graduado en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela), actualmente ejerce el derecho en el sector privado y es fundador y co-editor de The Explorer. Puedes encontrarlo en Twitter en @lagm96.

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